Yo no sé que pasa que no escribo. Los pensamientos están abstractos en mi mente sin poder lograr conjugarse los verbos ni hilarse las oraciones, las imágenes recorren mis recuerdos, y las veo, y las siento, y me erizan la piel de la misma manera en la que lo hicieron la primera vez que mis ojos las percibieron, sin embargo no puedo decírselos. Estoy enmudecida por la decidia, estoy atada de manos por la apatía, la esperanza que me arrebataba el tiempo con ínfulas de grandeza, ahora está quieta, redunda en conceptos que prefiere no entender. Y yo quisiera volver a tener esos motivos, volver a correr esos riesgos, volver a despertarme cuando aún es de noche, sentir el agua fría recorrer mi piel y maquillar mi rostro de virtudes, vestir mi cuerpo de entereza, subirme en los tacones de las ganas. Caminar por el asfalto a paso firme, y que ese paso retumbara por la eternidad. Como antes, como antes cuando no me daba cuenta de cómo, pero lo hacía.
Mi corazón prefiere constantemente guardarme el secreto, prefiere con miedo sentirse resguardado por la seguridad de algo palpable, y se limita, se limita a gritarle al mundo cómo el pasado revolcó sus ansias hasta donde quiso, y le dió un impulso kilométrico a su espantada inocencia, pintó de un rojo carmesí sus labios, y la lozanía de su piel se la llevó como el agua del rio cuando desemboca con el inmenso mar. Sin embargo le dejó una envergadura con la que viste sus pensamientos todos los días, mi corazón piensa tantas cosas, pero sólo me las confía a mí, mediante pensamientos y erizadas de piel, mediante largos y agitados palpitares, mediante apretones de sí mismo, para hacerme ver que las cosas, efectivamente no son lo que espero. Ni siquiera son lo que quiero: sólo son lo que DEBEN ser.